Camino de Santiago, Diario

Fin e Inicio. Fisterra y A Coruña.

Termino El Camino y entre tantas ideas, experiencias nuevas, impresiones y demás cosas en mi cabeza, me doy cuenta que no puedo volver a mi país. Por un lado, mi familia y amigos me dicen que vuelva y que les comparta un poco de lo que viví, pero por el otro, es comprender de que más allá de caminar, comer y dormir, y cosas muy generales sobre el paisaje, lo que hay son historias íntimas que se escribieron en conjunto con mis compañeros caminantes y que muchas de ellas me son imposibles aún de describir, que estoy procesando o que aún no me caen del todo como situaciones reales. Así que sin más, comienzo un viaje nuevo. Uno que empezaría con nuevos amigos, raids a sitios fantásticos, mucha historia y otros idiomas. A Coruña.

Éste, no es el fin de la tierra.
Éste, no es el fin de la tierra.

Al llegar a Fisterra, sin comprender del todo que había terminado mi viaje, decidí quedarme a contemplar el amanecer y el atardecer en el horizonte, con la idea de que mi vida se resolviera en algún plan de qué hacer después, pero sólo logre estar tres días luchando en contra del deseo y placer tan arraigado de seguir caminando. Tal vez podría seguir otro camino por la otra costa de España, pero la realidad era que mis pies estaban destrozados a tal grado que pensar en ponerme las botas de nuevo era una idea alocada y masoquista.

En el albergue dónde me hospedaba, llegaban los últimos caminantes de la temporada, unos se marchaban inmediatamente en el primer autobús a sus casas, como si nada hubiera pasado, como si concluir el Camino no significara nada en particular para ellos; otros pocos, llegaban con las mismas dudas que yo: ¿qué sigue ahora?, ¿debo sentirme de alguna forma en particular?, ¿por qué no me causa emoción llegar al final?, ¿es que acaso existe un final para este viaje?, ¿a dónde debo ir ahora?. ¿Volver a casa?, ¿por qué no seguir viajando?.

Mi sitio favorito para escribir.
Mi sitio favorito para reflexionar. Albergue de Sonia. Fisterra.

Ya era Diciembre y tenía varios planes para tomar un descanso mientras decidía en dónde empezaría mi nueva aventura. Finalmente opté por visitar a mi familia al norte de España, quienes me ofrecían unos días de ensueño, comiendo delicioso, durmiendo todas las horas que quisiera en un cuarto para mí sola, disfrutando del fresco aroma del Cantábrico y de los bosques de eucaliptos y pinos, y a su vez, poder disfrutar de la vida en el campo, sin prisa alguna, tal como lo hacían mis ancestros, tal como lo hacen ahora ellos.

Lo único que me preocupaba era que estaba viviendo sin ropa interior y la otra poca ropa que me quedaba suplicaba por su jubilación, así que decidí que antes de ir a Viveiro me pasaría por A Coruña. Ya de camino, en el autobús contacté a mi amigo Moisés, a quien conocí en México a través de Couchsurfing, y a quien había prometido que si mi viaje de alguna forma me llevaba a A Coruña se lo haría saber. Y tal fue mi sorpresa que en unos minutos, él desde México, ya tenía planeada mi estancia en el núcleo urbano más poblado de Galicia.

A Coruña desde el Parque
Desde el Parque San Pedro.

Marta estaba esperando por mí en la estación de autobuses, ella fue mi mejor amiga desde el momento en que llegué. Me dio un tour mágico por los sitios más espectaculares de su ciudad. Primero fuimos al Parque San Pedro, en dónde reíamos mirando a unos chicos que posaban para una sesión de fotografía, y que por cierto, al final nos hicieron unas fotos muy lindas sobre una de las baterías costeras que pertenecían al Ministerio de Defensa, que ahora sirven de parque de diversiones para jóvenes felices, y que además la vista desde este sitio es de lo más espectacular, me causaba mucha emoción mirar un paisaje muy similar a los que había apreciado durante El Camino por la Costa Norte. Los pastos verdes brillantes, el mar y sus bramidos potentes, el horizonte azul mezclado con ese perfecto cielo.

En la batería.
Jugando en la batería costera (esta es foto de Marta).

Después nos dirigimos en su auto hasta la Torre de Hércules, que actualmente es el único faro romano en funcionamiento en el mundo, construido en el siglo I, y por supuesto patrimonio de la humanidad. Mientras Marta me narraba la historia de cómo Hércules había vencido al gigante Gerión y enterrado después su cabeza en este sitio, bajábamos a pie hacia el gigante mosaico azul de la Rosa de los Vientos, que además representa icónicamente a cada una de las naciones celtas. Pronto tuvimos un atardecer maravilloso.

Rosa de los Vientos de Javier Correa.
Rosa de los Vientos y Marta.

La siguiente parada fue visitar los Menhires por la Paz en el Campo da Rata, aquel sitio que recuerda a los fusilados por el régimen franquista durante la Guerra Civil Española, y que curiosamente tienen ventanas que hacen del sitio un sin fin de encuadres fantásticos hacia el mar o hacia La Coruña.

 

Marta y los Menhires.
Marta enmarcada por un Menhir.

Después nos dirigimos hacia la ciudad vieja dónde dimos un paseo a pie por las estrechas calles empedradas, visitamos la Plaza María Pita dónde se puede apreciar en una estatua el porte valiente de esta mujer que defendió su ciudad contra los ingleses, el Ayuntamiento, y luego paramos en un restaurante a comer algunos pinchos.

Plaza María Pita. Ayuntamiento.
Plaza María Pita. Ayuntamiento.

Para cerrar la noche, visitamos la tumba de Sir John Moore en los Jardines de San Carlos, que se presta para pasar una tarde de lectura, pero que es también un sitio para recordar las guerras napoleónicas, británicos y españoles contra los franceses. Desde este sitio se aprecia también una vista única del Puerto de La Coruña, y ante mis ojos, brillaba una alberca de agua de mar que tanto me apetecía.

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Frente a los Jardines de San Carlos.

Por supuesto, no podíamos dejar de lado caminar por la Avenida Marina observando el fondo majestuoso de las Galerías, estos edificios con balcones blancos de cristal muy característicos de la ciudad y que eran lo único que recordaba de mi anterior visita en un viaje familiar express.

Las Galerías
Las Galerías en Avenida Marina.

Más tarde, Marta me llevó a casa de la familia de Moisés, quienes me abrieron las puertas de su casa y me prestaron la cama de mi querido amigo para descansar, por primera vez dormiría en una casa y no en un albergue. Esto fue como estar en familia: llegar a la cena, ver televisión por las noches, contarnos algunas historias…

Los siguientes días fui de compras, cosa que nunca hago, pero que esta vez merecía la pena. Después de dos meses, y ya concluido El Camino, la gente en la calle aún me gritaba “¡Buen camino!”. Necesitaba cambiar de apariencia para mi nuevo viaje.

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